El brote de ébola en la República Democrática del Congo (RDC) ha tenido un impacto devastador desde su declaración en mayo, con 1,309 muertes y 2,973 casos confirmados. La situación es crítica en cinco provincias, siendo Ituri el epicentro. Según el Instituto Nacional de Salud Pública (INSP) del país, la tasa de letalidad se sitúa en un alarmante 44%, y aunque 540 personas se han recuperado, 766 pacientes siguen en aislamiento. Con un 73.9% de contactos rastreados, el organismo recalca la insuficiencia en el seguimiento y la necesidad de reforzar la vigilancia ante una continua transmisión del virus. La OMS considera que el riesgo de expansión es alto en África subsahariana, lo que requiere atención urgente para contener la epidemia.
Esta crisis de salud se agrava debido a que el brote es de la cepa de Bundibugyo, para la cual no hay vacuna ni tratamiento específico. La historia del ébola en la RDC pone de manifiesto los desafíos persistentes, siendo este el décimo séptimo brote en el país. Comparado con anteriores crisis, como la de África Occidental de 2014-2016 que dejó unos 11,000 fallecidos, el actual sigue mostrando el formidable desafío que el ébola representa para la región. En contraste, Uganda ha dado de alta a su último paciente e inicia la cuenta regresiva para declarar fin al brote tras gestionar 20 contagios, reflejando una diferencia en el manejo y respuesta ante esta enfermedad que sigue afectando a miles de vidas.
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