La décima de feria en Madrid se llevó a cabo en un ambiente agridulce, con una tarde soleada y una entrada que apenas alcanzó dos tercios. La ganadería Conde de Mayalde trajo novillos variados, en su mayoría bravos, aunque el cuarto ejemplar flojeó y acabó echándose. Los novilleros Fabio Jiménez, Iker Fernández «El Mene» y Tomás Bastos se enfrentaron a estos animales, cada uno mostrando destreza a su manera. Sin embargo, la reacción del público fue desalentadora, con un auditorio que parecía más interesado en el espectáculo social que en la técnica del toreo.
A pesar de la calidad de las actuaciones de los novilleros, que ejecutaron lances con gracia y destreza, la mayoría del público no supo apreciar el arte ni alentó a los jóvenes valores. El silencio que siguió a las actuaciones de Jiménez y «El Mene», así como la frialdad con la que fue recibida la estocada de Bastos, evidenció una desconexión entre los toreros y la masa de espectadores. Esta falta de entendimiento y sensibilidad marcó un momento crítico, dejando a los novilleros con la decepción de haber ofrecido sus mejores esfuerzos a un público poco comprometido. El contraste con las corridas del pasado suscitó una reflexión sobre el futuro y la esencia del toreo en su máxima expresión.
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